Por Rafael Tejeda de Luna
El español es una lengua maravillosa: rica, barroca… y a veces, francamente absurda. Tanto, que incluso los hispanohablantes más devotos de la lectura, la gramática y el buen uso de la palabras, terminamos cayendo en trampas ridículas llamadas pleonasmos. Esas redundancias disfrazadas de elegancia que, por si no lo habías notado, consisten básicamente en repetir dos veces lo mismo en la misma oración… dos veces (sí, era necesario repetirlo).
Los pleonasmos más evidentes son clásicos populares,
esos en los catalogamos de ignorantes a los que caen: “subir arriba”, “bajar
abajo” o “salir afuera”. Pero existen otros, mucho más sutiles, traicioneros –
de esos que uno suelta con aire intelectual en medio de una conversación culta
creyéndose Quevedo, pero que lo único que logran es parecer el primo torpe que
siempre mete la pata en Navidad.
Ejemplos infalibles: “funcionario público” ¡claro!
¿acaso existe un funcionario privado en la tienda de la esquina?, “en el
camellón de en medio” (redundancia nivel dios, porque camellón ya
implica que está en medio), “hemorragia de sangre” (y yo que pensaba que podía
ser de chocolate), “panorama general” (como si hubiera panoramas particulares),
“gran megalópolis” (el ego hecho ciudad), “mendrugo de pan” ¿qué otra cosa
podría ser un mendrugo, un mendrugo de aguacate?.
Y la lista, como todo buen pleonasmo, se repite
sola:
- “Breve resumen” (¿alguna vez han visto un
resumen de mil páginas?).
- “Tengo una hija mujer” (gracias por la
precisión; la hija marciana habría confundido a todos).
- “Previsto de anticipación” (lo previsto después
sería brujería).
- “Lapso de tiempo” (los lapsos espaciales deben
ser otra cosa, quizás agujeros negros).
- “Consenso general” (los consensos particulares
están en proceso de patentarse).
- “Desde mi personal punto de vista” (porque el
ajeno solo se consigue en espiritismo).
- “Emitir un juicio de valor” (los juicios sin
valor los emite el SAT en horario laboral).
- “Embajada extranjera” (a la embajada nacional
de la colonia Roma todavía no le dan presupuesto).
- “Exhalar un suspiro” (si lo inhala, no es
suspiro: es asfixia).
- “Idilio de amor” (lástima que no existen
idilios de impuestos).
- “Volar por los cielos” (aunque si quieres,
prueba a volar por el drenaje).
Lo curioso es que todos los usamos. ¿Por qué? el
pleonasmo no solo informa: adereza, exagera y sobreactúa.
En conclusión: se vale, pero con estilo.
Los pleonasmos son inevitables. Son errores que nos
hacen humanos, adornos que nos vuelven poéticos y redundancias que nos invitan
a reírnos un poco de nosotros mismos. Porque, al final, ¿qué sería del idioma
sin esos excesos innecesarios? Pues un idioma correcto, preciso y elegante…
pero tan aburrido como leer el instructivo de una licuadora.
Un poco de pleonasmo no hace daño. De hecho, puede
darle sabor y ritmo a la conversación, incluso provocar una buena carcajada.
Pero abusar de él puede hacernos parecer un disco rayado o, peor aún, agarrados
de la mano de la ignorancia.
Así que la próxima vez que te salga decir “entrar
para adentro”, piénsalo dos veces… o ríete y úsalo, porque el lenguaje también
es para divertirte. Al fin y al cabo, el pleonasmo es como ese amigo exagerado
que habla muy fuerte, pero que siempre termina animando la fiesta.
Y recuerda, si alguien te dice que cometes
pleonasmos, solo responde con una sonrisa irónica: “Sí, y con redundancia, por
si no quedó claro”.
Para cerrar con broche de oro, un pleonasmo
quíntuple que escuché una vez a un profesor de primaria: “Aún pero no obstante
más sin embargo” ¡Para que luego digan que el español no es entretenido!
Rafael el escritor que escribe sus escritos
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