jueves, 18 de junio de 2026

 Por Rafael Tejeda de Luna

Cerrojos oxidados y "otros datos": El síndrome del zoológico vacío

 

Hace unos días, los micrófonos de la radio internacional trajeron una de esas noticias que parecen extraídas de una comedia de enredos, pero que ocurrieron en la terca realidad.

En Cumberland, Maryland, las autoridades ambientales ordenaron el cierre definitivo del Tri-State Zoological Park. ¿La razón? Un historial crónico, casi patológico, de fugas sistemáticas. A lo largo de los años, del lugar se escaparon más de cien animales de todas las formas y tamaños imaginables debido al desgaste absoluto de las instalaciones.

 

Imaginar la bitácora de ese zoológico es asomarse al caos más divertido y peligroso del mundo. El listado de prófugos desafía cualquier lógica de contención.


Por un lado estaban los carnívoros: leones, tigres, osos negros y lobos que saltaban las rejas gracias a que la administración acumuló montículos de tierra junto a las cercas, regalándoles una rampa de lanzamiento perfecta. Por el otro, el club de los intelectuales: monos capuchinos, chimpancés y babuinos que se convirtieron en expertos cerrajeros aprovechando los pasadores oxidados, mientras caimanes, pitones, iguanas y tortugas de espolones africanas se escapaban a paso de rueda para tomar el sol en los jardines de los vecinos.

 

Pero lo que verdaderamente raya en el delirio es la sección de los pesos pesados. El reporte oficial detalla cómo avestruces, ñues y un hipopótamo pigmeo burlaron los perímetros. Incluso se documentó la huida de jirafas, un absoluto portento de la física y el camuflaje urbano. Imaginen la escena: vas caminando al supermercado y te topas de frente con un cuello de cinco metros intentando mimetizarse con el alumbrado público. Y todo porque la cerca principal estaba amarrada con una vulgar cuerda de tendedero.


Durante años, la respuesta de la administración ante las quejas vecinales fue de un optimismo jurásico: "Calma, son incidentes aislados, la infraestructura está bajo control". Sostener que no pasa nada mientras una jirafa o un hipopótamo caminan libres por la acera requiere un cinismo monumental.

 

Esta desbandada general recuerda inevitablemente a ese viejo chiste donde a un político se le descompone el auto en medio de la noche y no le queda más remedio que pedir posada en la casa de un granjero. El hombre, disculpándose por la falta de espacio, le dice que el único rincón libre es el establo, junto a las bestias. El político acepta y se va a acostar. Sin embargo, a los veinte minutos, vuelven a tocar desesperadamente a la puerta del granjero. Al abrir, se encuentra a la vaca, al cerdo y a los caballos con las maletas hechas, exigiendo dormir a la intemperie porque ya no aguantaban el discurso del nuevo inquilino.

 

Al parecer, los animales de Maryland aplicaron la misma lógica. Prefirieron el riesgo de las avenidas y la hostilidad del asfalto antes que seguir confinados bajo la gestión de unos administradores cuyo deporte favorito era negar la realidad.

 

Y es que el síndrome del zoológico vacío es, en el fondo, la forma en que se ejerce el poder hoy en día. No importa si hablamos de partidos de izquierda o de derecha; cuando la incompetencia y los extremos se instalan en las oficinas de gobierno, la respuesta ante las crisis es exactamente la misma que la de este zoológico: cambiarle el nombre a las cosas en lugar de arreglar los problemas.


Da igual si lo que se escapa es la economía, la seguridad o los servicios públicos; el gobernante radical siempre saldrá al estrado a decir que "tiene otros datos" y que la jirafa prófuga es, en realidad, un programa de esparcimiento comunitario. Nos exigen que tengamos fe en la resistencia de su mecate viejo, hasta que el búfalo de la realidad lo rompe y el desastre se vuelve inocultable.


Al final, la moraleja de este safari suburbano es tan clara como alarmante: cuando la propaganda sustituye al mantenimiento de las vallas y el discurso se empeña en negar lo evidente, es sólo cuestión de tiempo para que el perímetro se venga abajo.


La diferencia es que en Maryland los animales tuvieron la cortesía de solo salir a pasear, pero en la realidad, cuando las fieras del desastre social se escapan por culpa de la negligencia, no hay ningún cerrojo ideológico que las pueda contener.

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