Por Rafael Tejeda de Luna
Cerrojos
oxidados y "otros datos": El síndrome del zoológico vacío
Hace unos días, los micrófonos de la radio internacional trajeron una de esas noticias que parecen extraídas de una comedia de enredos, pero que ocurrieron en la terca realidad.
En Cumberland,
Maryland, las autoridades ambientales ordenaron el cierre definitivo del
Tri-State Zoological Park. ¿La razón? Un historial crónico, casi patológico, de
fugas sistemáticas. A lo largo de los años, del lugar se escaparon más de cien
animales de todas las formas y tamaños imaginables debido al desgaste absoluto
de las instalaciones.
Imaginar la bitácora de
ese zoológico es asomarse al caos más divertido y peligroso del mundo. El
listado de prófugos desafía cualquier lógica de contención.
Por un lado estaban los
carnívoros: leones, tigres, osos negros y lobos que saltaban las rejas gracias
a que la administración acumuló montículos de tierra junto a las cercas,
regalándoles una rampa de lanzamiento perfecta. Por el otro, el club de los intelectuales:
monos capuchinos, chimpancés y babuinos que se convirtieron en expertos
cerrajeros aprovechando los pasadores oxidados, mientras caimanes, pitones,
iguanas y tortugas de espolones africanas se escapaban a paso de rueda para
tomar el sol en los jardines de los vecinos.
Pero lo que
verdaderamente raya en el delirio es la sección de los pesos pesados. El
reporte oficial detalla cómo avestruces, ñues y un hipopótamo pigmeo burlaron
los perímetros. Incluso se documentó la huida de jirafas, un absoluto portento
de la física y el camuflaje urbano. Imaginen la escena: vas caminando al
supermercado y te topas de frente con un cuello de cinco metros intentando
mimetizarse con el alumbrado público. Y todo porque la cerca principal estaba
amarrada con una vulgar cuerda de tendedero.
Durante años, la
respuesta de la administración ante las quejas vecinales fue de un optimismo
jurásico: "Calma, son incidentes aislados, la infraestructura está bajo
control". Sostener que no pasa nada mientras una jirafa o un hipopótamo
caminan libres por la acera requiere un cinismo monumental.
Esta desbandada general
recuerda inevitablemente a ese viejo chiste donde a un político se le
descompone el auto en medio de la noche y no le queda más remedio que pedir
posada en la casa de un granjero. El hombre, disculpándose por la falta de
espacio, le dice que el único rincón libre es el establo, junto a las bestias.
El político acepta y se va a acostar. Sin embargo, a los veinte minutos,
vuelven a tocar desesperadamente a la puerta del granjero. Al abrir, se
encuentra a la vaca, al cerdo y a los caballos con las maletas hechas,
exigiendo dormir a la intemperie porque ya no aguantaban el discurso del nuevo
inquilino.
Al parecer, los
animales de Maryland aplicaron la misma lógica. Prefirieron el riesgo de las
avenidas y la hostilidad del asfalto antes que seguir confinados bajo la
gestión de unos administradores cuyo deporte favorito era negar la realidad.
Y es que el síndrome
del zoológico vacío es, en el fondo, la forma en que se ejerce el poder hoy en
día. No importa si hablamos de partidos de izquierda o de derecha; cuando la
incompetencia y los extremos se instalan en las oficinas de gobierno, la respuesta
ante las crisis es exactamente la misma que la de este zoológico: cambiarle el
nombre a las cosas en lugar de arreglar los problemas.
Da igual si lo que se
escapa es la economía, la seguridad o los servicios públicos; el gobernante
radical siempre saldrá al estrado a decir que "tiene otros datos" y
que la jirafa prófuga es, en realidad, un programa de esparcimiento
comunitario. Nos exigen que tengamos fe en la resistencia de su mecate viejo,
hasta que el búfalo de la realidad lo rompe y el desastre se vuelve inocultable.
Al final, la moraleja de este safari suburbano es tan clara como alarmante: cuando la propaganda sustituye al mantenimiento de las vallas y el discurso se empeña en negar lo evidente, es sólo cuestión de tiempo para que el perímetro se venga abajo.
La diferencia es que en
Maryland los animales tuvieron la cortesía de solo salir a pasear, pero en la
realidad, cuando las fieras del desastre social se escapan por culpa de la
negligencia, no hay ningún cerrojo ideológico que las pueda contener.
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